
El verano siempre llega con la misma promesa: calor, días largos y la sensación de que el tiempo se dilata. Pero hay un calor que no marca el termómetro. Es el que nace cuando los abuelos y los nietos se encuentran en la plaza, en la playa o alrededor de la mesa después de comer.
El calor del verano es intenso, a veces demasiado agresivo. Obliga a bajar las persianas al mediodía y hace que la ciudad se mueva más despacio. Pero dentro de casa, con el ventilador ronroneando, sucede algo más. Los abuelos bajan el ritmo para sincronizarse con el de los nietos. Ya no tienen prisa. Y los nietos, que viven acelerados durante todo el año, descubren que esperar también puede ser un juego. Es entonces cuando el verano crece y se alarga al lado de los abuelos.
El abuelo cuenta la misma historia por tercera vez. La abuela monda otro melocotón, aunque nadie quiera más. Los nietos ríen, se quejan del calor, pero no se alejan de su regazo. Porque lo que de verdad refresca no es el aire acondicionado. Es saber que alguien te mira sin estar pendiente del reloj.
El calor apaga las calles, pero enciende los recuerdos. Los abuelos enseñan a hacer sombra con las manos. Los nietos les enseñan a hacerse selfis. Y entre unos y otros se intercambian secretos: los abuelos explican cómo eran los veranos sin teléfonos móviles, y los nietos les descubren TikTok. Ambos aprenden un idioma nuevo.
Quizá por eso el verano con los abuelos tiene un sabor diferente. No son solo helados y piscina. Es paciencia. Es ver cómo el tiempo, que siempre corre deprisa, se pone cómodo y se sienta con nosotros. Es comprender que hay calores que queman y calores que cuidan.
Y es que los abuelos enseñan que la vejez no es el invierno de la vida. Puede ser otro verano. Un verano más lento, más dulce, más sombrío. ¡Un verano diferente!
Por eso el Salmo lo expresa tan bien: “Aun en la vejez darán fruto; estarán vigorosos y llenos de vida.” (Salmo 92:14)
Fruto en cada historia repetida con gracia. Verdes en cada sonrisa sincera cuando llegan los nietos. Vigorosos de nuevo en cada “ven y siéntate aquí a mi lado”, sudando, pero felices.
Cuando llegue el otoño y los nietos vuelvan a la rutina, los abuelos volverán a contar los días. Y los nietos, sin saberlo, se llevarán en la mochila aquel calor pausado vivido con los abuelos, ese que no se olvida porque algunos de los recuerdos más hermosos del verano nacen junto a ellos.
Al fin y al cabo, lo mejor del verano no es el sol, ni la playa ni la montaña… Son las manos tiernas y amorosas de los abuelos que te sirven limonada y todo lo que haga falta, y que serenamente te dicen: “Avanza, pero no tengas prisa ni miedo”, porque el verano es mejor y sabe más rico al lado de los abuelos.
¿Y tú, qué recuerdo de calor vivido con tus abuelos te acompaña cada verano?
¡Feliz verano!