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Mi nombre es Pepi y quiero hablaros de mi abuelo Juan Fuentes, padre de mi madre. Yo no lo recuerdo porque tenía 26 meses cuando él murió, me cuentan que teníamos locura uno por otro (fui su última nieta) y vivíamos juntos.

Una de las cosas que me han explicado es que cuando él salió del hospital y una vez en casa, yo me puse en la entrada y hacía aplaudir a todos los que venían a verle, familiares, vecinos… de la alegría que tenía por tenerlo con nosotros y en su cama.

El yayo Juan era un hombre tranquilo, paciente, amable, habilidoso y muy sabio. Me cuentan que vecinos del barrio venían a menudo a pedirle consejo sobre distintas cuestiones (lo que hoy sería un psicólogo). En esa época sólo estaba la radio. Cuando en verano salían a la calle a tomar el fresco, él cautivaba a todo el mundo leyendo novelas, recitando poesías…

Él había nacido en un pueblo almeriense en 1882 y nunca tuvo la oportunidad de ir a la escuela. Aprendió las cuatro reglas básicas de un señor que pasaba de vez en cuando en bicicleta por su cortijo. Él, junto con otro de sus hermanos (eran 11) tenían el don de la poesía, tanto es así que se presentaron a una especie de concurso de TROVOS que venían de Granada, Murcia, La Alpujarra y salieron al DIARIO DE ALMERÍA donde se les reconocía como pioneros al que después se llamó en literatura.

En el año 2002 fuimos mi hermana y yo a conocer la tierra de nuestros antepasados, Almería, y tuvimos la alegría de descubrir que en su pueblo natal tenían una plaza cuyo rótulo dice así: PLAZA EN LOS POETAS JUAN Y PACO FUENTES, así es que mi abuelo “si fue POETA en su tierra”.

Como os decía, el abuelo Juan fue autodidacta, entonces no existían las escuelas para adultos, o eso creo. Ya de mayor trabajó de vigilante nocturno en una fábrica y en los ratos libres se dedicó a escribir su vida en verso. Esta libreta la guardaba el mayor de sus nietos, mi primo Ramón, quien en una ocasión me confesó que a veces, cuando era niño se había sentido un poco “culpable” porque creía que amaba más a nuestro abuelo que a su propio padre, pero es que como dije antes el yayo Juan era una persona excepcional.

Cuando esta libreta amarilla y vieja, escrita con pluma llegó a mis manos, les aseguro que aluciné, como podía mi abuelo tener esa caligrafía perfecta con tan pocas, poquísimas faltas de ortografía y todo tan bien expresado, sin haber ido nunca a la escuela. Gracias a sus escritos narrando su vida cotidiana de esta manera tan bonita y creativa, en verso, pude conocer a aquel abuelo que me había amado tanto y yo a él, pero sin tiempo suficiente para aprender directamente todos aquellos valores, forma de actuar, decisiones, pensamientos, sabiduría que él tenía.

Mientras pasaba a máquina “sus memorias” reí, lloré y le agradecí profundamente por haberse decidido a escribir, y tal y como decía él mismo con la intención de que fuera “para eterna memoria la hereden mis parientes”

Quiero dejar un pequeño fragmento de una de sus poesías tal y como él la escribiré.

LA FELICIDAD
Sueño que al alma fatiga,
luz que ante mí se derrama
voz impaciente me llama,
ansia que a vivir me obliga
Felicidad que me hostiga y en pos de mí siempre va,
que a un mismo tiempo le da luz y sombra a mi deseo…
yo en todas partes la veo y en ninguna parte está.

Vagamente dibujada la encuentra el alma indecisa,
en el bien de una sonrisa, en la luz de una mirada,
en toda dicha esperada,
en la que pasó importuna,
en la gloria, en la fortuna,
en lo cierto, en lo imposible…
en todas partes visible
y no se alcanza en ninguna

¡Felicidad! sueño de un bien que no está en la tierra
ansia impaciente encierra triste el corazón humano,
luz de misterioso arcano
vaga sombra celestial,
mezcla del bien y del mal
tu eres en mi corazón, la eterna revelación de mi espíritu inmortal.

Gracias “yayo Juan por tu legado”.
Te quiero.

Pepi Cabezas Fuentes

Es abuela de dos nietos. Vive en Badalona (Barcelona)

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