
Tengo dos hijas separadas y tres nietos a los que adoro. Ser abuela cuando los padres ya no están juntos me ha enseñado algo que no siempre es fácil: hay muchas cosas que veo, pero no me corresponde cambiarlas.
A veces observo decisiones y pienso: «Yo esto lo haría de otra manera». Y ahí empieza mi particular ejercicio de los tres monos: oigo, miro, callo… todo y que lo de taparme los oídos todavía lo estoy practicando. Como dice la Biblia en Eclesiastés: «Hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar».
Si mis hijas me cuentan algo y creo que puedo aportar, sugiero, si no me preguntan, intento respetar, porque ellos son los padres y yo soy la abuela. ¿Y desde ahí qué puedo hacer? Yo creo que muchísimo, intento ser intencional en la relación con mis nietos, una vez a la semana nos reunimos los cuatro por videollamada; hablamos, hacemos juegos, compartimos, y durante la semana también los llamo individualmente, no para tomar partido ni para hablar mal de papá o de mamá, sino para quererlos, escucharlos y ser un lugar seguro.
Cuando aparecen enfados, procuro recordarles algo sencillo: «Papá y mamá os quieren. A veces los mayores también nos liamos y no sabemos hacer las cosas demasiado bien». No siempre es fácil. Una separación puede traer distancias, silencios y relaciones que cambian. Y hay momentos en que me cuesta aceptar lo que veo. Entonces miro al cielo y le digo a Dios: «Bueno, esto ya es cosa tuya. Tú sabrás. Muéstrame el camino». Y descanso, porque quizá mi lugar sea simplemente estar, querer y procurar que mis nietos sepan que su abuela siempre está ahí.