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Editorial

La edad que florece en mayo

Hay meses que huelen a memoria. Mayo es uno de ellos. Llegan las flores, el olor de jazmín se desborda por las rejas, y el aire guarda ese perfume dulce que despierta cosas que creíamos olvidadas. Mayo es el mes de las flores, pero no duran mucho. Abren, llenan todo de color, y se van. Por eso se parecen tanto a los abuelos.

La vejez carga con un prejuicio raro: la vemos como el final, como tiempo de espera. Pero si te detienes, es el único momento donde el ruido baja y se escucha lo esencial. Los abuelos no tenemos prisa porque ya hicimos el camino. Por eso nuestras historias dan vueltas en detalles de tiempos pasados, como el precio del pan, de un helado, y muchos instantes vividos de la infancia. Y en esas vueltas está lo que importa: la prueba de que una vida vivida deja rastros.

La vejez no es un desecho. Es una corona cuando está ligada a una vida con sentido. Como las flores de mayo, no está ahí por utilidad, sino porque ha llegado su tiempo y tiene belleza propia.

La sociedad mide a la gente por lo que produce, por lo rápido que responde a un mail o un whatsapp. Ese baremo se quiebra cuando hablas con alguien mayor. De repente lo importante no es lo que hizo ayer, sino lo que aprendió en 60 años de equivocarse y volver a empezar.

Hay una tentación de infantilizar la abuelidad. De hablarles más fuerte, más despacio, como si la memoria fallida se contagiara. Es un error. Lo que falla en el cuerpo casi nunca falla en la cabeza. Lo que sí falla es la capacidad de escuchar sin interrumpir, de sentarse sin mirar el móvil.

“Plantados en la casa del Señor… aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes” [Salmo 92:14].

Este versículo rompe la idea de que en la vejez solo queda esperar. Florecemos y damos fruto en forma de consejos, memoria, oración y ejemplo. Somos el archivo vivo de la familia: recordamos por qué nuestro apellido se escribe como se escribe, por qué en Navidad se come ese guiso raro, por qué la abuela no soporta ciertas cosas. Sin nosotros, los bulos, la familia pierde contexto y se vuelve encéfalograma  plano.

 “Que los ancianos sean sobrios, serios, prudentes… que enseñen el bien” [Tito 2:2-3].
Es la recomendación de Saulo de Tarso a su discípulo Tito. No somos espectadores, somos transmisores. No necesitamos compasión condescendiente. Necesitamos un lugar en la mesa. Necesitamos que se nos pregunte, que se nos crea cuando decimos “yo ya vi eso”,
Enseñamos lo que no está en los libros: cómo amar después del duelo, cómo perder sin romperse, cómo reírse de uno mismo cuando el cuerpo ya no responde.

El mes de Mayo se pasa rápido. Las flores caen y dejan el suelo manchado de color por unos días. Si eres hijo o nieto, aprovecha ese tiempo. Llama a tus abuelos, o tus padres. No para preguntarles si comieron, sino para preguntarles qué les daba miedo a los 20, qué hubieran hecho distinto, qué canción les recuerda a alguien que ya no está, etc.

Porque la abuelidad, y la vejez no son el invierno de la vida. Es mayo. Es el momento donde todo lo vivido florece de golpe, antes de convertirse en semilla para el que viene atrás.

¿Qué historia de tus abuelos te viene a la mente cuando piensas en las flores de mayo?

Víctor Miron

Orientador Familiar. Máster Educación Familiar. Nacido en Barcelona, casado, tiene 3 hijos y 6 nietos.

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