
Soy Mari Carmen, una abuela de cuatro nietos, tres niñas y un niño.
Estaréis de acuerdo conmigo que es una etapa fantástica en la que te sientes más relajada, sin prisas, con más paciencia y más madura, pues no tienes que educar, ya que lo hicimos con los hijos y ahora toca disfrutar y consentir. Pero no voy a explicaros mi experiencia como abuela, pero si como nieta.
Tuve cuatro abuelos: los paternos Diego y María que vivían en Murcia y los maternos Juan y Carmen que vivían en Badalona de los cuales solo recuerdo a tres. Pues mi abuelo paterno Diego murió accidentalmente electrocutado cuando yo tenía once meses. Fue muy triste, según me explicaron mis padres, ya que él estaba muy ilusionado conmigo porque fui su primera nieta y la única que conoció.
De mis abuelos maternos Juan y Carmen poco puedo explicar ya que no gozaban de buena salud y en consecuencia no tenían humor para los nietos en general. De hecho, murieron bastante jóvenes, los dos de un infarto entre (70-72 años aprox.).
Mi abuela María, (para mis hermanos, y para mí siempre fue la “yaya de Murcia”). Tengo tantas vivencias y recuerdos de ella que podría escribir un libro. ¡Todo lo que diga es poco! Era una mujer valiente y luchadora que de la noche a la mañana tuvo que ponerse al frente de los negocios que dejó mi abuelo al morir, pues quedaba el hijo pequeño con catorce años que todavía estaba estudiando. Una mujer con mucho carácter, pero todo corazón, cariñosa y dada a los demás. Era cristiana como el resto de la familia y un testimonio vivo para sus vecinos y amigos.
Tengo recuerdos muy felices de los veranos que pasé en Murcia con ella. Hacíamos pan, magdalenas, tortas y cordiales, en un horno de leña que tenía en la finca junto a la casa con naranjos, limoneros, almendros y otros árboles. Por la tarde, después de comer y hacer la siesta me hacía la merienda con aquel pan recién hecho y el chocolate de piedra. Después de merendar me hacía mucha ilusión ir al ponedor de las gallinas con una cesta a recoger los huevos que habían puesto ese día.
Los domingos íbamos a la iglesia y a la salida había una pastelería muy cerca y siempre compraba empanadas de carne y pastelitos para la cena. Recuerdo una de las vivencias que tuve entre otras y que me marcaron hasta hoy. Fue un día normal de los años cincuenta (la posguerra) que llamó a la puerta una señora con su hija más o menos de mi edad unos nueve años, pidiendo ropa y comida y mi abuela no se lo pensó ni un momento le sacó una bolsa llena de comida y le dijo que esperara, que iba a por la ropa. Cogió varias piezas suyas y me preguntó si yo quería colaborar con algunos vestidos míos. Antes de que yo dijera nada, me hizo una reflexión que nunca olvidaré:
“Piensa que tú eres una niña privilegiada porque tienes mucho más que tiene ella, pero no te veas obligada, la decisión tiene que ser tuya”. Y aunque yo era pequeña comprendí lo que me decia mi abuela y sin dudar le di ropa mía a aquella niña. Y como esto otras muchas cosas que me quedaron para siempre grabadas en mi corazón.
Doy gracias a Dios por todo el tiempo que pasamos juntas que fue mucho, y por todos los valores que me transmitió como abuela, ya que siempre supo cuál era su lugar.
Ojalá yo pueda dejar una huella y unos valores a mis nietos como los que me dejó a mí, y me puedan recordar con tanto cariño como yo la recuerdo a ella.
Me ha encantado tu experiencia.
Gracias por compartirla